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Amor, desamor y miedo - Leti Moregal

¿Te atreves a darle la mano al miedo y volver a apostar por el amor en la amistad?


EL AMOR EN LA AMISTAD


No hay nada como querer y que te quieran. Esa sensación de reciprocidad es única y te llena por completo. No entiendo por qué nos empeñamos en reducir esa concepción del amor al amor en la pareja. Hay un tipo de amor no tan valorado socialmente y que para mí es un pilar fundamental, y es el amor en la amistad. Dice el dicho popular que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Y así lo concibo yo. Tener alguien en quien confiar y que confía en ti, a quien escuchar y quien te escucha, con quien compartir buenos y malos momentos… no tiene precio. Esas relaciones dejan huellas imborrables. 


EL DESAMOR EN LA AMISTAD



Tuve un buen amigo que siempre decía que la amistad era mejor apuesta que las relaciones de pareja porque las amistades eran para toda la vida, pero las relaciones de pareja no. Este amigo, después de años de una relación súper bonita, dejó de serlo. Mi experiencia personal es que las amistades, al igual que las relaciones de pareja, no siempre son para toda la vida. Más bien es nuestra idealización de las relaciones lo que hace que queramos verlas así. Y si no somos conscientes de ello, cuando llega el desamor, te rompe en mil pedazos. Ya sea de pareja o de una buena amistad, el desamor duele profundamente. 

Perder a alguien importante para ti es un verdadero duelo. Y más cuando lo has intentado todo por salvar la relación y has podido comprobar que no tiene solución posible. Si de verdad has puesto todas tus herramientas en juego y la respuesta de la vida es no, te destroza. 

A estas alturas de la vida llevo varios desamores de amistad sobre las espaldas. Siempre crees que no puede ser más doloroso, que lo que sientes es lo máximo. Hasta que llega el siguiente desamor a demostrarte que sí se puede, que, si eres de las personas que viven la vida a intensidad plena, el siguiente desamor duele más. 


LA RESISTENCIA AL AMOR POR MIEDO AL DESAMOR



Entonces, mientras te despides de unas relaciones y sigues jugando al juego de la vida, se cruzan otras personas en tu camino. Y un día, mientras hablas con alguien recién aterrizado en tu vida, te das cuenta de que compartes un montón en cuanto a experiencias, formas de entenderlas, ideas, proyectos… Cuanto más compartes, más afinidad descubres. Cuanto más hablas más te das cuenta de que es una de esas personas que no han aparecido en tu vida por casualidad. ¿Será otro pacto de mi alma? ¿Será una de esas personas que llegan a brindarte la oportunidad de un aprendizaje vital? Lo que tienes claro es que lo que se mueve alrededor de esa relación es especial. Lo sientes. No puedes explicarlo y siempre queda la duda sobre si te lo estás inventando. Pero lo notas, es algo especial.

Pero a la vez que sientes ilusión por esa conexión especial que compartes, sientes miedo. Si, miedo. Esa sensación de encontrarte en el umbral de una puerta de la que sale una luz potente y brillante. Te planteas cruzar la puerta para disfrutar de esa luz maravillosa. Pero a la vez, por la experiencia de vida, eres consciente de que esa luz puede apagarse, de que cuando la luz se apaga viene la oscuridad. Ahora que empezabas a ver la luz al final del túnel... Y te paras bajo el quicio de la puerta a observar con cautela. La luz es maravillosa pero no quieres volver a sufrir la oscuridad. Tu mente te dice que “ya te lo sabes”, que ya sabes lo que va a pasar. Quizá mentirosa, vela por tu seguridad. Tu corazón te grita que corras hacia la luz, que disfrutes de los regalos, que son dos días y si la vida te pone esa luz delante es para que la atravieses. 

Es entonces cuando llega la parálisis. Otra vez la dualidad emoción-razón imperando en tu ser. Otra vez las dudas. ¿Avanzo sin mirar atrás y vivo lo que la vida me trae? ¿Espero con prudencia en el umbral de la puerta? ¿Corro en dirección contraria al túnel del que vengo a la luz de las velas?

Mi decisión, a pesar de las dudas sobre si me arrepentiré en el futuro, es darle la mano al miedo y atravesar despacio ese umbral. Con prudencia, pero sintiendo. No hemos venido a esta vida a sufrir. Sí a aprender, pero a ser felices, a crecer, a desarrollarnos, a aprender de los errores… Pero a avanzar se aprende avanzando. Y siempre es más dulce de la mano de otra persona. Así que aquí estoy, cogida de las dos manos con el miedo en la otra, disponiéndome a dar el primer paso bajo el umbral. 


Leti Moregal


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